El miedo y el dolor crónico, compañeros de viaje… y una pregunta que te puedes hacer hoy.

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¿Cómo se relacionan el dolor y el miedo en tu cerebro?

El miedo y el dolor, en sí mismos, son adaptativos. Sin ellos, no podemos sobrevivir. Son como dos bomberos trabajando: protectores, atentos a las amenazas y a su gravedad.

No obstante, nuestros dos protectores pueden desarrollar una relación tóxica cuando padeces de dolor crónico.

El miedo intenso a que el dolor vuelva o empeore activa tu cerebro de una forma tan potente que lo deja en estado de alerta, como si estuviera en guardia las 24 horas.
Esto ocurre a un nivel cerebral implícito/automático (con estructuras clave hiperactivas, como la amígdala o la ínsula, importantísimas en la percepción de las amenazas y la experiencia dolorosa), pero también explícito/consciente (a nivel conductual y cognitivo, de la mano de tu corteza prefrontal, tomas decisiones hipervigilantes «mejor no me siento así, que me dolerá. Mejor me quedo en casa, por si acaso. A ver, si me toco en la barriga cuánto me duele ahora…).

Este estado de hipervigilancia, aunque aparece en un esfuerzo de evitar el dolor, tiene el efecto contrario: cuando el dolor realmente aparece, lo sientes con más intensidad. Es como si tu cerebro estuviera preparado para lo peor, lo cual, paradójicamente, puede hacer que la sensación de dolor sea aún peor. Al confirmarse la amenaza, el miedo protector aprende que, efectivamente, lo peor ocurrió: llegó el dolor, y con intensidad. La próxima vez, el miedo te empujará a estar aún más vigilante, en un esfuerzo inútil de recuperar el control sobre el dolor.

¿Por qué es tan difícil salir de este ciclo?

El miedo intenso amplifica el dolor, y el dolor, alimenta el miedo. Cada vez que esto sucede, tu cerebro se vuelve mejor en generar esas respuestas, como si estuviera practicando una mala costumbre. Las conexiones neuronales que manejan el dolor y el miedo se hacen más fuertes con el tiempo, lo que hace que sea más fácil caer en este patrón una y otra vez, ya de manera automática y sin procesamiento consciente. Este ciclo interminable de miedo y dolor donde ambos se refuerzan mutuamente tiene mucho que ver con la sensibilización central, fenómeno neuronal que se hipotetiza como proceso común en muchos síndromes de dolor crónico.

Para complicar más las cosas, el miedo en el dolor crónico no es siempre un enemigo: de hecho, en dosis adecuadas, nos ayuda a gestionar una rutina adaptativa y que respete nuestros ritmos…

¿Cuál es la dosis adecuada de miedo? Aquella dosis que aporta información y nos permite tomar una decisión consciente. Aquella dosis que no nos paraliza, bloquea o secuestra.

Por ejemplo: nos da miedo cruzar una carretera, por lo que tranquilamente caminamos hacia el cruce de cebra. Hemos detectado una posible amenaza y hemos tomado una decisión, pero sin que el miedo permaneciese en nosotros más de la cuenta.

Este es el objetivo final con el miedo al dolor crónico, relacionarse con el miedo de una manera serena. Nosotros en control sobre él. No el miedo en control de nosotros. Escuchamos atentamente lo que nos quiere decir el bombero, lo tomamos en consideración con serenidad, y luego tomamos una decisión ajustada a lo que queremos y necesitamos en ese momento, día, semana…

La psicoterapia es un gran facilitador para conseguir este objetivo.

Si mejoras tu relación con la emoción del miedo, especialmente el miedo al dolor, probablemente la experiencia dolorosa mejore. O, como mínimo, sea más agradable de transitar.

Para terminar, te dejo una pregunta que a menudo comparto en consulta. Un buen lugar de partida para comenzar a deshacer este ciclo de miedo y dolor.

Si mis decisiones hoy no estuviesen secuestradas por el miedo al dolor… ¿Qué harías diferente?