
“Sentía que ya no éramos nosotras, estábamos dominadas por la enfermedad: era nuestra dictadora: ordenaba qué hacíamos, de qué hablábamos, y cómo nos sentíamos”
Estas fueron las palabras de una paciente (a la que llamaremos Alba), cuya pareja, a la que llamaremos Juana, padece una enfermedad neurodegenerativa que le limita la movilidad de manera significativa.
Sus palabras representan una realidad muy frecuente en parejas que lidian con la enfermedad en uno de sus miembros.
Sentir que la enfermedad ha ido ganando terreno, poco a poco, en la vida de pareja.
Sentir que ya no sé quién soy, ni quiénes somos, porque no hay espacio para nada más que la gestión de la enfermedad: citas, tratamientos, medidas de cuidado, limitaciones físicas, aislamiento social, incomprensión del entorno…
Alba, no obstante, anima a su pareja a empezar un proceso de psicoterapia. A pesar de todo lo que atraviesan, tienen un vínculo de pareja estrecho y sano.
Echan de menos quiénes eran antes del diagnóstico, y tienen deseo y voluntad de mejorar la relación de pareja.
En terapia, aprenden a aceptar que la enfermedad está presente, y que sus consecuencias han sido duras. Ambas tienen que elaborar duelos individuales y ambas tienen roles diferentes que jugar en el día a día. Adquieren herramientas para mejorar la gestión del estrés en el día a día y trabajan arduamente en su comunicación.
Con el tiempo, empiezan a pensar que la enfermedad no les define ni como pareja ni como individuos. Ahora hablan de la enfermedad como un “tercer miembro” de la pareja al que deben de escuchar, y atender, pero no dejarse secuestrar por él. La enfermedad ya no es la jefa, ha perdido fuerza y espacio.
También, aprenden a generar espacios alternativos de intimidad.
Hablan con más franqueza sobre sus emociones y necesidades individuales.
Se permiten espacios donde se descansa del diagnóstico.
Recuperan e implementan nuevas actividades placenteras juntos compatibles con la movilidad de Juana.
…Y, poco a poco, vuelven a sentirse «ellas».
La historia de Alba y Juana es una historia de trabajo personal y emocional. La psicoterapia fue un espacio facilitador del mismo.
Aceptar que la enfermedad está presente, sin dejar que defina a la pareja o a los individuos, permite crear un espacio para la comprensión, la empatía y el crecimiento personal y conjunto. Y en este camino, la psicoterapia puede ser la brújula que oriente a la pareja hacia un lugar de mayor conexión y bienestar, a pesar de la adversidad
A final de un proceso terapéutico de un año y medio, Alba y Juana se sentían más unidas que antes de la enfermedad. Esto no es un fenómeno infrecuente: muchos estudios sugieren que algunas parejas logran fortalecer su vínculo a medida que enfrentan juntos los desafíos que la enfermedad trae consigo. .
Este crecimiento suele estar asociado a la capacidad de la pareja para apoyarse mutuamente, buscar ayuda externa (como terapia de pareja) y mantener una actitud positiva frente a los desafíos.
